Published On: septiembre 28, 20261730 words8,7 min read

Cada producto de Mandràgora empieza mucho antes de decidir su fórmula. Empieza decidiendo desde dónde quiero formular.

Cuando llegó el momento de crear los jabones de Mandràgora, la primera decisión no fue qué aceites utilizar ni qué plantas incorporar.

La primera decisión fue cómo quería enfocar esa formulación.

Podía formular limpiadores líquidos, mousses o jabones elaborados con tensioactivos sólidos. Son opciones que permiten trabajar con un pH más próximo al de la piel, incorporar una mayor variedad de activos cosméticos y, en muchos casos, optimizar los costes de producción.

Sin embargo, ninguna de esas opciones respondía a la búsqueda que realmente estaba haciendo.

Buscaba una forma de limpiar la piel que también fuera coherente con mi manera de entender la relación entre el cuerpo, las plantas, el territorio y la naturaleza.

Porque, en Mandràgora, la salud nunca ha sido una cuestión exclusivamente individual.

La coherencia como criterio

En Mandràgora siempre he intentado encontrar la mejor forma de formular. Pero una formulación no puede evaluarse únicamente por lo que ocurre sobre la piel.

También debe preguntarse qué ocurre antes de que ese producto exista y qué huella deja después de utilizarlo.

La coherencia no consiste en renunciar a la excelencia.

Consiste en ampliar la mirada.

Por eso elegí la saponificación en frío.

Porque era la forma que mejor me permitía formular respetando al mismo tiempo la piel, el territorio y la naturaleza.

No buscaba únicamente el mejor jabón para la piel.

Buscaba el mejor equilibrio posible entre todas las relaciones que hacen posible ese jabón.

Custodiar un oficio

El oficio de jabonero forma parte del patrimonio cultural de mi territorio.

Durante generaciones, el jabón se elaboró aprovechando aquello que el entorno ofrecía. Los aceites disponibles se transformaban mediante lejías obtenidas de las cenizas de la madera, cerrando un ciclo en el que el bosque, el hogar y el cuidado cotidiano formaban parte de una misma realidad. Era un conocimiento transmitido de unas manos a otras, nacido de la observación y de la necesidad.

Hoy seguimos pudiendo aprender de ese legado, aunque adaptemos las materias primas y el proceso a los conocimientos actuales sobre la piel. Ya no utilizamos aceites reutilizados ni lejías de ceniza, sino aceites vegetales vírgenes ecológicos y una formulación pensada para ofrecer el máximo respeto hacia la piel.

Sin embargo, la manera de entender el oficio sigue siendo la misma.

Elegí la saponificación en frío porque me permitía custodiar ese patrimonio cultural y, al mismo tiempo, elaborar un jabón de gran calidad cosmética, capaz de conservar mejor las propiedades de los aceites vegetales y de incorporar un sobreengrasado que aporta un mayor respeto por la piel.

No desde la nostalgia, sino desde la convicción de que proteger un oficio también es proteger una forma de relacionarnos con el territorio.

Porque cuando desaparece un conocimiento tradicional no perdemos únicamente una técnica.

Perdemos una forma de mirar el mundo.

La salud es una red de relaciones

Esta decisión tampoco nació únicamente del deseo de custodiar un oficio. Nació de una manera concreta de entender la salud, porque con frecuencia hablamos del cuidado de la piel como si pudiera separarse de todo lo demás.

Como si un producto pudiera evaluarse únicamente por lo que ocurre sobre nuestra piel.

Yo no consigo verlo así.

La piel forma parte de un cuerpo.

El cuerpo forma parte de un territorio.

Y el territorio sostiene la vida de la que también nosotros formamos parte.

Por eso, cuando formulo, no intento encontrar la solución más eficaz para una única parte del problema sino que intento encontrar el mejor equilibrio entre todas las relaciones que hacen posible ese producto.

¿Cómo se cultivan las plantas?

¿Cómo se obtiene cada materia prima?

¿Qué proceso necesita?

¿Qué huella deja?

¿Qué ocurre antes y después de que ese jabón llegue a nuestras manos?

No porque exista una respuesta perfecta, sino porque cuidar una parte dañando el conjunto deja de tener sentido.

La honestidad también forma parte de la fórmula

La misma coherencia con la que elijo una formulación también me obliga a explicar sus límites.

El jabón tradicional posee un pH naturalmente alcalino, diferente del pH fisiológico de la piel.

Nuestra piel está protegida por una fina película formada por agua, lípidos y otras sustancias naturales conocida como manto ácido. Esta capa ayuda a mantener el equilibrio de la microbiota cutánea, protege frente a microorganismos externos y contribuye al correcto funcionamiento de la barrera de la piel.

Durante la limpieza, el jabón modifica temporalmente ese equilibrio.

En una piel sana, este cambio suele recuperarse de forma natural en poco tiempo gracias a sus propios mecanismos de regulación, por lo que el uso de un buen jabón no supone un problema.

Sin embargo, cuando hablamos de pieles sensibles o con la barrera cutánea alterada, esa capacidad de recuperación puede verse comprometida. En estos casos, aplicar después una crema o un aceite corporal, ayuda a restaurar antes su confort, reforzar la función barrera y compensar aquello que un producto de aclarado, por su propia naturaleza, no puede aportar.

Por eso Mimo está pensado para formar parte de un cuidado corporal completo.

No creo en rutinas innecesariamente largas. Sin embargo, en este caso prefiero que el jabón haga aquello que realmente puede hacer bien —limpiar con respeto— y que el cuidado posterior corresponda a productos formulados para permanecer sobre la piel y acompañarla durante más tiempo.

Podría haber evitado explicar todo esto.

También podría exagerar las virtudes del jabón y omitir sus limitaciones.

Pero no sería coherente con la forma en que entiendo Mandràgora.

La confianza no nace de esconder aquello que un producto no puede hacer.

Tampoco nace de exagerar aquello que sí puede hacer.

Nace de explicar ambas cosas con honestidad.

Qué puede hacer realmente un jabón

Hoy es fácil encontrar jabones que prometen borrar arrugas, regenerar la piel o transformar su aspecto. Yo prefiero explicarlo de otra manera, porque un jabón no deja de ser un jabón porque incorpore ingredientes de gran interés cosmético.

Su función principal seguirá siendo limpiar.

Retirar la suciedad, el maquillaje, el exceso de grasa y las impurezas respetando, en la medida de lo posible, las necesidades de cada tipo de piel.

La selección de aceites vegetales, extractos, arcillas y aceites esenciales puede conseguir que esa limpieza resulte más suave, más nutritiva o más adecuada para una necesidad concreta.

Pero sigue siendo un producto que permanece sobre la piel apenas unos instantes antes de retirarse con agua.

Por eso nunca le atribuiré propiedades que pertenecen a productos formulados para permanecer sobre la piel durante horas y permitir que sus activos se absorban y desarrollen toda su función.

Comprender esa diferencia también forma parte de cuidar mejor nuestra piel.

Tres jabones. Tres necesidades.

Nunca quise crear una colección interminable de jabones donde cada ingrediente diera lugar a un producto diferente, porque no me interesa formular alrededor de un ingrediente.

Me interesa formular alrededor de una necesidad real.

Por eso esta colección se compone únicamente de tres jabones.

Dos destinados a la limpieza facial, formulados para responder a las distintas necesidades que puede presentar la piel del rostro, y uno pensado para el cuidado diario de las manos y el cuerpo.

Cada uno tiene una personalidad propia.

Pero todos nacen exactamente del mismo lugar.

De la misma manera de entender la formulación.

De la misma filosofía.

Una decisión coherente

Elegí la saponificación en frío porque, después de valorar el conjunto, fue la decisión que mejor podía sostener con coherencia.

Era la decisión que mejor respondía a la forma en que entiendo la relación entre la piel, el territorio y la naturaleza.

Para mí, formular nunca ha consistido únicamente en cuidar la piel.

También consiste en cuidar el camino que recorre un producto hasta llegar a ella.

Y ese camino, mucho antes que cualquier ingrediente, también forma parte de cada jabón de Mandràgora.

Toda fórmula nace de una forma de mirar el mundo.

¿Quieres profundizar?

🧪 ¿Por qué un jabón elaborado con sosa es seguro para la piel?

El hidróxido de sodio es imprescindible para fabricar un jabón sólido, pero durante la saponificación reacciona con los aceites para formar jabón y glicerina. Además, los jabones terminados pueden analizarse para verificar que el contenido de álcali libre se encuentra dentro de los parámetros establecidos de calidad.

Referencia científica:
ISO 684:1974 – Analysis of soaps — Determination of total free alkali

⚗️ La saponificación en frío: cuando la sosa deja de ser sosa

La saponificación transforma los aceites vegetales y el hidróxido de sodio en sales de ácidos grasos (jabón) y glicerina. Este estudio analiza la composición de jabones elaborados mediante saponificación en frío y ayuda a comprender por qué el producto final es químicamente diferente de sus materias primas.

Referencia científica:
The Effects of Cold Saponification on the Unsaponified Fatty Acid Composition and Sensory Perception of Commercial Natural Herbal Soaps (Molecules)

🏺 El origen del jabón en la Antigüedad

Un recorrido histórico por los primeros registros de fabricación de jabón, desde las tablillas mesopotámicas hasta la época romana. Una mirada a los orígenes de una técnica que ha acompañado a la humanidad durante miles de años.

Referencia:
An Ancient Cleanser: Soap Production and Use in Antiquity (American Chemical Society)

🌿 La jabonería tradicional como patrimonio cultural

La elaboración tradicional del jabón no solo es una técnica artesanal, sino también un legado cultural transmitido entre generaciones. La UNESCO reconoce este conocimiento como parte del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, destacando su valor histórico, social y artesanal.

Referencia:
UNESCO – Artesanía del jabón Ghar de Alepo

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